Las niñas y las letras

Por
Equipo Contexto

Nuestras infancias son lejanas y distintas. Cada una creció en una ciudad diferente, con sabores y olores diferentes, con una familia diferente. No fue hasta hace cinco años que, en un edificio de ladrillos rojos, nos encontramos todas por un amor compartido: la palabra. Esta es la historia de cómo llegamos a ese amor que, eventualmente, nos hizo equipo.


Valeria

Nací en una casa con libros que abandonamos durante mi primer año de vida. Mi mamá dejó tras la puerta la mitad de su biblioteca sin saber que, a lo largo de los siguientes dieciocho años, sus libros migrarían con ella. En cada visita a su ciudad natal armaba bonches que ocupaban casi toda la maleta. Se los llevaba porque uno nunca sabe cuándo va a necesitar ese verso. 

En Caracas, el lugar al que nos fuimos, construyó un librero grande que eventualmente le quedó pequeño. Cada noche mi papá, que trabajaba en la industria editorial, escurría entre los lomos ordenados de alguna repisa un nuevo bloque de páginas; y, a la mañana siguiente, mi mamá lo encontraba y sonreía. La mejor historia de dos que conozco no está en los libros de esa biblioteca, sino que ocurría todos los días entre sus paredes y frente a mí. Desde niña lo que yo sé de las letras se parece mucho a lo que sé del amor. 

Pasaron los años y decidí que yo no quería ser como mi mamá, la literata que se devoraba las páginas. Y tampoco quería ser como mi papá, el hombre que llenaba las bibliotecas. Yo quería ser la persona capaz de poner en tinta las palabras que él le regalaba para que ella sonriera. Y por eso escribo. 


Daniela 

Decían que a mi abuelo se le veía seguido con el saco chueco. Un lado siempre más bajo que el otro. Mi papá me contaba, entre risas, que esta facha era el resultado de siempre traer un libro en la bolsa. Y así, sumergido en libros y poesía creció él, que eligió el mundo empresarial, con mis tíos, cuyas plumas he admirado desde antes de entenderlas del todo. Soy la sobrina de Carmen y Pablo Boullosa. Y de Mercedes, que le decimos Bullo, que no aparece en Wikipedia pero con un solo mensaje te provoca carcajadas o te hace llorar. Prefiero ya no leerla en público. Del lado de mi madre, mi bisabuelo Dante dejó atrás cuentos que les escribía a sus nietos y dos novelas publicadas. 

Éramos cómplices, la tinta y yo. Ella me llevaba de la mano mientras llenaba mi mundo de historias y de héroes. Como siempre hablé de más, me convertí en su mensajera. Y empecé a escribir por la necesidad de echarle crema a los tacos. Metía dragones en historias del colegio. Quería que mi perro fuera eterno y le regalé juventud. Los arcoíris hablaban, las brujas eran mis amigas y, en un lugar lejano, las niñas dominaban el mundo. 

Soy la que contaba monedas para comprar la siguiente aventura de Nancy Drew y buscaba rastros de Rhett Butler y Healthcliff en escuincles de 12 años. La que hoy tiene cientos de libros con la tinta corrida por lágrimas. Libros masacrados por haber sido lanzados contra la pared y estrujados para dormir, con el ocasional dedazo de Cheeto, notas al margen, esquinas dobladas y todo lo reprochable que se le puede hacer a un libro. Soy la que goza de su crimen.

Tammy

Crecí sin libros y con pocas palabras. Tan pocas, que cuando mis papás se divorciaron, no tenía (y digo tenía porque las palabras se poseen) cómo explicarle a la psicóloga qué sentía. No exagero, me faltaban palabras. Ella, como la heroína de alguna épica, sacó el diccionario. Así fui juntando diferentes palabras que me enseñaron a enfrentar el mundo que se me quebraba. 

Nadie me enseñó las palabras ni cómo usarlas. Nadie me enseñó los libros ni las historias que contienen. Miope desde niña, veía borrosos los árboles y las letras. Pero me enseñaron a volar sola y me llevaron por mis primeros lentes. Fui viendo, fui leyendo y fui escribiendo. Un diario rojo con mi nombre en el lomo se convirtió en mi primer cómplice. Ahí escribía historias que me inventaba y reescribía historias que ya conocía. Sustituí la televisión de mi cuarto por un enorme librero, aunque a regañadientes escuché un «te vas a arrepentir». Pero aquí sigo, sin tele y con muchos libros.

Descubrí mi pluma y mi capacidad de escribir por mera coincidencia o, más bien, por mera salvación. Porque en esas hojas blancas y crudas estaba yo y solo yo. Ahí me dejé ser sin límites. Ahí encontré a esa niña que se había perdido entre palabras que no conocía y la voz de una mujer intentando leerle el diccionario como si fuera un cuento. Después me dediqué más a escribir que a sentir. Y hoy tal vez es momento de que vuelva al cuerpo y a todo lo que me ha dicho sin palabras. 

María

Me parece magia que estos símbolos puedan pasarte a ti este pensamiento que ahorita siento. Seguro tú lo vives de diferente forma y color, pero ¿a poco su teletransportación de mi vida a tu vida no es magia? Más magia cuando las palabras de un señor de otro siglo se meten con mis ideas, las revuelven y las moldean a su gusto. Me sigue asombrando tanto como cuando empecé a leer.

He vuelto muchas veces a un libro que a los 9 años le leí en voz alta a mi hermana, para convencerla de que leyera la secuela y la comentáramos juntas. Lo leo y comparto cabeza con la niña que se enamoró de las letras. Me atraparon del ego; me hacían sentir importante. Con la memoria perenne de las letras podía ser más que el vértigo de un hilo finito de experiencias. Podía enredarme con cosas enormes, como los cuentos, la historia o mi abuelo Ñaño. Podía discutir con gente célebre y amarrarme a los miedos y dudas que han atormentado por milenios a la humanidad.

La palabra escrita me ha servido de escudo y de escondite. Se sigue disfrazando de vez en cuando de certeza, para calmar mi miedo a la incertidumbre. Hoy lucro con ella y la obligo a veces a trabajar horarios inhumanos. No tenemos una amistad tan sana, y no es mi amiga más honesta ni la más sensata, pero es la más generosa.


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