Remodelaciones

Por
Emilia

Me gusta pensar el lenguaje como una casa. Una casa viva, que respira, piensa y siente. Dentro de la cual yo también respiro, pienso y siento. Un espacio donde me siento segura, con la capacidad de nombrar al mundo y nombrarme a mí misma en él. 

Nunca he abandonado la mía por otra, pero una casa nunca es igual con el paso del tiempo.

No recuerdo muy bien cómo lucía cuando era niña. Imagino que la palabra mamá tenía un cuarto reservado solo para ella y las paredes estaban tapizadas con signos de interrogación. No he vuelto a tener tantas preguntas como cuando apenas estaba aprendiendo a nombrar lo cotidiano, cuando todo era desconocido, y la verdad es que siempre he sido muy preguntona. Es por eso que la puerta de mi casa, la puerta de mi lenguaje, tiene forma de un por qué. 

Durante unos años, solo había palabras que venían del mismo lugar, pero poco a poco fueron llegando algunas extranjeras. Entraron tímidamente, buscando un rincón habitable o un cacho de pared donde colgarse. Pronto, junto con las primeras, formaron parte de los cimientos. Se convirtió en una casa construida por dos idiomas.

Ha habido nombres con los que he decorado la mesa del comedor, como si fueran flores. Algunos de esos nombres permanecen, mientras que otros se han ido marchitando. Siguen formando parte de mi lenguaje, pero ya no los pronuncio. Dentro del lenguaje también hay temporalidad, fechas de caducidad. Me pregunto si mi nombre habrá decorado mesas ajenas, y si lo mantienen vivo o forma parte del silencio.

Hasta la fecha, Emilia decora el piso de todas las habitaciones, eso no ha cambiado. Lo que ha variado ha sido mi manera de caminar sobre él. Ahora tengo palabras guardadas en cajas empolvadas, arrumbadas en un sótano que procuro no visitar. Palabras que solía usar sin cuestionarlo. Deshacerme de ellas no fue fácil, no es sencilla la tarea de pedirle a tu lengua que desaprenda cómo llamar a una mujer zorra o a alguien naco.

Pero hay palabras y frases con las que ya no puedo amueblar este espacio porque en mi casa cabemos todxs. Quiero poder darle la bienvenida a quien visite mi lenguaje, a quien pase por mi casa, y ellxs sientan que es hogar. Nunca un campo de batalla. 

Me alegro cuando veo camiones de mudanzas rondando alrededor de las conversaciones que tengo. No porque quisiera que alguien abandone su lenguaje, sino porque tal vez es señal de una remodelación. Qué necesarias son las remodelaciones para mantener un espacio habitable, para evitar que una casa se convierta en jaula. 

Ahora habito mi lenguaje sabiendo que está en mis manos cuidarlo, para que se mantenga en un estado de transformación, cuestionamiento y mejora.


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