De cuando aprendí a escribir mi nombre

Por
Jimena Díaz

Siempre me ha parecido interesantísima la asociación que hacemos entre letras y sonidos cuando aprendemos a escribir y, digo «aprendemos», así, en plural, porque creo que es algo que simplemente pasa. Y me sorprende, todavía más, que una compilación de sílabas conformen el nombre que tenemos para siempre, como cuasi-sentencia. Hace unas semanas leí un texto de Tam [muy bueno, por cierto] sobre el acto de nombrarnos a nosotras mismas y me acordé, casi perfectamente, de cuando todavía me presentaba como «Jimena con J» y, por supuesto, cuando dominé, según yo, la caligrafía de mi inicial: medio chueca, un híbrido entre una «C» con sombrerito y una «T», bastante creativa. 

Mi mamá, probablemente, se acuerda mucho mejor que yo. De repente, todas las mesas de la casa se empezaron a llenar por debajo con el nombre que eligió para su última hija. Jimena en la cocina, Jimena en la sala, Jimena en los juguetes, Jimena en las paredes, Jimena en el camión escolar, Jimena en la despensa; en todos los muebles: Jimena, como epidemia. Qué ocurrencia la mía negar mil y un veces haber sido la responsable de la casa autografiada; en fin, me parece lindo que tomé la pluma para no soltarla nunca. 

Creo que la pasión y el gusto tan particular por las palabras nació desde que, con mucha destreza, empecé a escribirme en algún lugar. A definirme dentro de seis letras. A nombrar lo que me pertenece [o lo que no, porque supongo que los muebles no eran míos]. En fin, qué bonito es aprender a escribir tu nombre, especialmente, cuando sabes lo que significa. Cuando existe tanto, pero tanto cariño por la costura entre letras. Por la armonía que desencadenan. Por la potencia de las que, juntas, tocan llagas y te marean. Por las que nos identifican y, también, por la inconsciencia tan poderosa que nos crean para que en un mundo de ruido y al que le sobran palabras sepamos que, por lo menos una, sí nos pertenece.

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